“Josemaría Escrivá es un hombre santo, no un mito”
Por Pilar Urbano
ESTE verano coincidí con Encarnación Ortega Pardo, Encarnita, en no sé qué acto de la moda celebrado en Gijón. Como sé que ella es una de las tres primeras mujeres del Opus Dei, que ocupó altos cargos de gobierno en los organismos directivos de la Obra, que conoció a monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en 1941 y le trató muy de cerca durante 35 años, por lo que fue la primera mujer llamada a declarar como testigo en el Proceso de virtudes que se instruyó en Madrid, le pregunté sin rodeos si estaba ya libre del secreto “sub iudice” y si accedería algún día a una entrevista para ÉPOCA. Se echó a reír y me dio a entender que ella no era ningún “personaje”. No insistí ni apalabré nada. Pero, pasados siete meses, vengo a Valladolid, que es donde vive, para tener esta conversación.
Durante la entrevista, me sale hablarle de usted, por respeto; ella, en cambio, me tutea con natural cordialidad. Tiene Encarnita un rostro de facciones muy angulosas. Los ojos, verdes como uvas moscateles, miran de modo penetrante y sereno. Su voz es grave, bien timbrada, firme. Sé que estoy ante una mujer de una cuajada y rica personalidad.
-Encarnita, usted es una testigo cualificada de la vida del Fundador del Opus Dei…
-Pienso que sí, porque he tenido la gran suerte de poder colaborar durante muchos años de modo muy estrecho con él, tanto en España, como en Portugal, en Inglaterra y en Italia. Durante un larguísimo período de tiempo he podido verle en facetas muy distintas: labores de gobierno, tareas de formación, proyectos apostólicos… Y, no puedo dejar de decirlo, he tenido la inmensa fortuna de verle muchas veces celebrar la Santa Misa y presenciar con qué delicadeza, con qué finura de amor trataba a Dios en el altar.
-¿ Cómo, dónde, cuándo le conoció? ¿ Qué impresión le produjo su figura?
-Le conocí en Alacuás, un pueblecito cerca de Valencia, con ocasión de unos ejercicios espirituales que el padre predicaba. Yo acudí por curiosidad, para ver cómo hablaba y cómo era el autor de Camino, un libro que me había causado un fuerte impacto, porque marcaba una espiritualidad muy viva, muy actual, muy incisiva y, al mismo tiempo, de una forma tan concreta que resultaba fácil poder llevarla a la práctica. Yo buscaba, pues, al literato. Pero en cuanto entró en la capilla, hizo aquella genuflexión pausada, respetuosa, adoradora, redescubriéndome la presencia del Señor en el Sagrario, mi actitud cambió por completo. Ya no me interesó escuchar a un gran orador, sino a un hombre que iba a hablarme en nombre de Dios. Después de la primera meditación, pasé un momento a saludarle. En esa corta entrevista, el padre me habló de que el Señor le había confiado una labor: me dijo “la Obra”, sin mencionar el Opus Dei. Y que ello habría de hacerse con gente de todos los ambientes sociales, de todas las razas, de todas las naciones.., con entraña universal. Subrayó -y esas palabras serían determinantes para mí- que el Señor necesitaba “un puñado de mujeres fieles, valientes, que fueran capaces de hacer la Obra en el mundo”. Aquello me pareció una aventura apasionante y grandiosa, pero pensé que no tenía nada que ver conmigo. Sin embargo, me rondaba en la cabeza que si yo me había enterado, y por boca del propio Fundador, justo en el momento en que Dios quería “necesitar” ese puñado de mujeres valientes.., por algo sería. Maduré todo eso en mi oración personal y descubrí lo que el Señor quería de mí en la Tierra.
-No quiero ser capciosa, pero ¿usted puede discernir si su vocación se la dio Dios, o monseñor Escrivá de Balaguer?
-La vocación no puede darla ni monseñor Escrivá ni ninguna persona en este mundo: es un derecho que, en exclusiva, el Señor se ha señalado y reservado para Él. La vocación es siempre llamada de Dios.
-Usted, Encarnita, era entonces una chica muy joven. Al tomar esa decisión, para toda la vida, ¿era moralmente libre… o podía estar fascinada por la personalidad y la novedad de la doctrina de Josemaría Escrivá?
-Yo me sentía libérrima. Es más, cuando fui a hablar con el padre, en vez de impulsarme, me puso tantas objeciones que parecía que intentaba frenar mi determinación. Empezó a explicarme las dificultades sucesivas con que me iba a encontrar: que no teníamos ninguna casa, que había muy pocos medios materiales, que éramos muy pocas, que cuando hubiésemos conseguido poner en marcha un centro tendríamos que empezar ya a pensar en otro instrumento, en otra ciudad, en otro país… Recuerdo cómo me decía que habría que saltar fronteras, hablar inglés, francés, alemán, japonés, comer arroz con palillos… Así que el padre me lo puso más bien “crudo”. Pero yo estaba totalmente decidida.
-¿Cómo era el carácter de Josemaría Escrivá?
-Tenía un carácter enérgico y vital. Una personalidad muy rica, muy contrastada. Con una estupenda armonía y naturalidad se daba en él todo lo que exige el ser Fundador y todo lo que entraña el ser padre. Imagínate ahí toda una gama de contrastes entre la fortaleza y la ternura, o entre la prudencia y la audacia, o entre la grandeza de ánimo para acometer actividades de enorme envergadura apostólica y, a la vez, estar pendiente de los detalles más pequeños… ¡Cuánto insistió en el cuidado de las cosas pequeñas, hechas por amor!
“Era muy entrañable, muy cordial, muy amigo de sus amigos, muy humano. Como se dice en el argot, “hombre de una sola pieza”. Detestaba la mentira, la adulación, la restricción mental… Y, siendo tan humano, teniendo de tal modo los pies en la tierra, procuraba estar siempre muy metido en Dios. Era lo contrario, o lo muy distinto, de un “místico ensimismado”, porque estaba en el pequeño y corriente y moliente quehacer de cada momento, pero a su lado se vivía muy bien la presencia de Dios. En el padre los contrastes no eran contradictorios, sino el anverso y reverso de una misma moneda. Si tenía que corregir con fortaleza, porque habíamos hecho mal alguna cosa, en seguida sabía poner un acento de cariño, una mirada, una sonrisa, un “recoger” a la persona reprendida para que no quedase herida, sino estimulada. Yo al padre lo he visto disgustado, pero nunca enfadado. Enérgico, pero nunca violento. Alegre y bien humorado, pero jamás chabacano. Él tenía una elegancia connatural que, por ejemplo, convertía la carencia de medios en una pobreza digna, no en una pobretonería. Otro admirable contraste: su porte distinguido, aunque llevase una vieja sotana, para andar por casa, en la que llegué a notar varias piezas de telas distintas y no sé cuántos zurcidos. Tenía una inteligencia prodigiosamente bien dotada, pero sabía hacerse entender de las personas más sencillas, con “don de lenguas”. O, en otro orden de cosas, también era sorprendente la agilidad con que conciliaba la precisión de sus criterios y la humildad para rectificar, en cuanto tenía sobre algo unos datos nuevos. “Perdona, hija mía, tengo otros datos… yo estaba equivocado…”, eso se lo he oído decir muchas, muchas veces.
-Encarnita, ¿usted oyó en alguna ocasión a monseñor Escrivá criticar o hablar mal de algún ausente?
-Nunca. Él vivía y nos enseñó a vivir una “receta” preciosa: al hablar de una persona ausente, pensar que, si esa persona nos pudiera escuchar detrás de la puerta, se llevase una alegría por el cariño que poníamos en el comentario que tuviésemos que hacer. Una idea que nos dejó muy grabada fue que nuestra misión, la de las directoras, no era juzgar, sino ayudar, ayudar con la oración, con el cariño, con el ejemplo y la corrección oportuna, leal, y hecha de frente, a la cara.
-Pero el otro día, por televisión, y pudo oírlo España entera, un ex miembro de la Obra dijo que recordaba a Josemaría Escrivá hablando mal no sé de qué persona ausente…
-Lo escuché y me pareció, más que inaudito, aberrante. Yo estuve presente cuando al padre le dieron la noticia de que cierto religioso, que en su día organizó una tremenda campaña contra el Opus Dei, había dejado su camino, había perdido su vocación y había apostatado de la fe católica. Se notó que aquello, al padre, le llenó de un dolor profundo y verdadero. Decía “¡es un alma, es un alma!”. Olvidó por completo que era la persona que tanto nos había hecho sufrir. Estuvo un buen rato apenadísimo, muy metido en Dios, acongojado… Para él, ese hombre no era un enemigo, sino un alma que se apartaba de la verdad y de la fe.
-Las críticas, las incomprensiones, las calumnias… han sido casi una constante en la vida del Fundador. Dígame, usted que ha vivido tantos años cerca de él, ¿cómo reaccionaba?, ¿le abatían esas cosas o las ignoraba?
-Ni lo uno, ni lo otro. Le dolían mucho, porque eran una falta de caridad y de verdad y una ofensa a Dios. Esto le daba una pena tremenda. Pero en seguida reaccionaba con gran serenidad. Que le ofendiesen a él no le importaba. Recuerdo un día que nos dijo que, después de no sé qué calumnia fuerte, había dormido toda la noche de un tirón y que, en cambio, cuando descubría en una hija o en un hijo suyo cualquier falta de amor a Dios, eso le quitaba el sueño. Nadie se acostumbra a las calumnias ni al desamor. Pero nuestro padre, ya en los años cuarenta, al punto de la mañana se preguntaba “¿desde dónde nos insultarán hoy?”. También por esos años, a raíz de una injuria muy grave, acusándole de hereje, o de masón, o de algo durísimo para un sacerdote “cien por cien”, fue ante el Sagrario y, dirigiéndose al Señor, le dijo: “Si Tú no quieres mi honra, ¿yo para qué la quiero?”. El tenía, como buen español y buen aragonés, un alto sentido del honor. Pero se lo regaló a Dios. Se lo regaló como algo que estimaba en mucho.
-Existe la idea de que el Opus Dei le dice a la mujer que “a casa, con la pata quebrada”. ¿Qué pensaba el Fundador acerca de la promoción de la mujer?
-Yo fui una de las que vivieron en el primer Centro de mujeres de la Obra: un pequeño chalet, en la calle de Jorge Manrique, de Madrid. Recuerdo que, al poco tiempo de estar allí, vino un día el padre y nos hizo ver que, además del apostolado personal que cada una debía realizar con parientes, con colegas y con amigos, había una serie de labores que desplegaríamos en el mundo entero: nos habló de granjas-escuela para campesinas, de residencias universitarias, de clínicas, de bibliotecas, de centros de capacitación de la mujer en distintos ámbitos (hostelería, idiomas, secretariado…), actividades en el campo de la moda, etc. El padre nos animaba, “¡soñad y os quedaréis cortas!”. Monseñor Escrivá quería que la mujer tuviera verdadero cariño al hogar, y se aplicase a las tareas de sacar adelante una casa, con arte, con profesionalidad, con sentido común y con mucho amor. Pero nunca pensó en recluir a la mujer en casa. Nos veía, desde el primer momento, trabajando en todos los terrenos de la actividad humana: en la enseñanza, en la industria, en la sanidad, en el comercio, en la investigación en la moda, en el periodismo… También tenía mucho interés en que hiciésemos estudios de Teología. Veía que era muy necesario conocer a Dios para poder amarle más y tener una sólida formación doctrinal, para hacer una buena apología de la fe. Además, nos decía, “el error práctico acompaña siempre al error teórico”. Él quería que tuviésemos rectamente formada nuestra conciencia.
-Usted ha sido durante muchos años directora central, para las mujeres del Opus Dei, y ha ocupado diversos cargos de responsabilidad en el gobierno de la Obra. Dígame, Encarnita, ¿cómo se gobierna en el Opus Dei?
-En el Opus Dei el gobierno es colegial. Así ha sido y así será siempre. El padre no se cansaba de insistir en que, a través de esa colegialidad, es como ayuda el Espíritu Santo a la hora de tomar decisiones de gobierno. El detestaba los “gobiernos dictatoriales” y nos precavía ante la tentación de “los directores propietarios”.
-¿Gobernaba también así el Fundador, “colegialmente”?, ¿o él gobernaba solo?
-El padre gobernaba tan colegialmente que, cuando teníamos una reunión de trabajo, solía recordarnos que daríamos cuenta a Dios, de modo personal, por aquella función de gobierno. Nos insistía en que cada una, cada uno, tenía que responsabilizarse del puesto concreto en que estaba. Usaba la expresión castiza “cada palo que aguante su vela”.
-¿Pero monseñor Escrivá les pedía consejo?
-Sí. Y cuando había que exponer una opinión, para sacar adelante una labor, el padre opinaba siempre el último. Era una forma de dejarnos esa libertad y de no coaccionamos moralmente. Si su criterio era contrario al que allí se había expuesto, nos explicaba los motivos de por qué tal cosa no era oportuna en ese momento y no encajaba en algún punto específico del espíritu de la Obra. El padre, como Fundador, tenía criterios muy claros de lo que en el Opus Dei había que hacer, pero escuchaba con enorme atención y respeto a cada persona. A veces, con aquellos datos que recogía, modificaba una opinión suya inicial sobre algún asunto concreto. Y, como antes te he dicho, si tenía que rectificar, rectificaba. Es más, si en algo se había equivocado, pedía perdón y daba las gracias. Esto se lo he visto hacer muchas veces.
-¿Cómo es la estructura del gobierno en la Obra?
-El gobierno de toda la Prelatura corresponde al prelado ordinario, a quien ayudan sus vicarios y consejos. El Consejo femenino se llama Asesoría Central. Luego, en cada país, hay un gobierno regional semejante.
-El Fundador del Opus Dei ¿tenía secretaria particular? Ese cargo no lo ha mencionado…
-Es que no lo ha habido nunca. Jamás el padre ha tenido una secretaria particular.
-Pues yo he leído unas declaraciones de cierta persona que asegura que fue la secretaria particular de Escrivá de Balaguer.
-Debe tratarse de una equivocación, porque monseñor Escrivá jamás tuvo secretaria. Secretario, sí, don Javier Echevarría, por ejemplo. Pero ninguna mujer ha desempeñado nunca ese cargo.
-Usted, en ese nivel, en esa cúspide del gobierno del Opus Dei, ¿tenía confidencias y secretos del Fundador, que no supieran los demás?
-Ya he dicho que el gobierno es colegial y, por tanto, compartido. Pero, además, el padre detestaba los secretos. Si alguien quería contarle algo “en secreto”, decía que no, que no admitía más secreto que el de la confesión. El padre tenía discreción, sentido de la oportunidad, sabía discernir cuando había que contar una cosa… Es lo mismo que sucede en cualquier familia normal.
-Se suele acusar a los miembros del Opus Dei de ser en exceso filialistas o paternalistas, de haber mitificado la figura del Fundador, dejándose llevar por cierto fanatismo humano, dado el carisma y la personalidad que tenía. ¿ Qué dice usted a eso?
-Yo creo que en todas las instituciones, los miembros han tenido un gran cariño y un gran respeto a su Fundador. Pero eso no tiene nada que ver con el fanatismo. A ese cariño y a ese respeto le podemos añadir una buena dosis de admiración, porque palpábamos de cerca su santidad personal. Pero él nos dijo muchísimas veces que no era modelo de nada, que era un “pecador que ama a Jesucristo”, y que era al Señor a quien teníamos que imitar. Durante mucho tiempo, ni siquiera nos dejaba tomar nota, en tertulias o en meditaciones, de lo que decía. Quería que las ideas se nos grabaran en el corazón. No le gustaba, en modo alguno, dedicar libros o fotografías… Me acuerdo que, en una ocasión, yo había conseguido una foto suya y la llevaba en mi agenda de bolsillo. El padre la vio, la tomó y escribió detrás: “majadero”. No hablaba de boquilla, cuando decía “lo mío es desaparecer… y que sólo Jesús se luzca”.
-Entonces, ¿por qué, en los últimos años de su vida, se dedicó a viajar por Europa y América impartiendo unas catequesis multitudinarias, que además se filmaban?
-La vida del padre iba llegando a su fin. Don Alvaro del Portillo y algunas otras personas del Consejo General le hicieron ver que era conveniente que llegase a hablar a tantos hijos suyos que le estaban esperando, la inmensa mayoría de ellos sin conocerle, en el mundo entero. Por otra parte, era bueno grabar y filmar aquellas tertulias de catequesis, un auténtico tesoro que ha hecho enorme bien a cientos de miles de personas. Si no lo hubiéramos hecho así, los que vinieran detrás podrían pensar que o éramos tontos o no habíamos sabido querer y estimar al padre. Esto fue lo que le hizo cambiar de opinión, pensando que era un deber suyo de Fundador y una ayuda para el desarrollo de la Obra dejarse retratar, o que le filmasen. Pero sentía una especial repugnancia a hacerlo. Incluso hay alguna película de una tertulia en la que de modo expreso dice que aquello le molesta…
-Encarnita, ¿usted ha visto llorar al padre?
-Sí. Tenía un gran corazón, sabia querer y… sabia sufrir. Recuerdo que, en 1943, pocos días antes de Navidad, vino a vernos a la residencia de la Moncloa. Nosotras le contamos con toda confianza los problemas que teníamos de exceso de trabajo, dificultades económicas y de despensa, falta de servicio y de utillaje, inexperiencia, complicaciones porque había obras de construcción en ese centro… El padre nos escuchaba silencioso y sereno, aunque apenado. Pero cuando le dijimos que descuidábamos la oración, o la hacíamos “entremedias”, sin necesidad, sin damos cuenta de que hablábamos con Dios, se sujetó la cabeza con las dos manos y rompió a llorar en sollozos, con auténtico dolor. No lo olvidaré nunca. Al día siguiente volvió y me llamó aparte para decirme que había llorado porque no hacíamos oración y “para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración”. Esas lágrimas fueron para mí la predicación más elocuente que he recibido del padre. Nunca he olvidado aquella impresión.
-En sus más de cincuenta años de vocación, habrá hablado usted del Opus Dei a gente muy diversa. ¿ También a personas de la jerarquía eclesiástica?
-Sí. He hablado del Opus Dei a los obispos Leopoldo Eijo y Garay, Casimiro Morcillo, José López Ortiz, Delicado Baeza, Hervás…; a los cardenales Tedeschini, Tardini, Antoniotti, Samorei, Larraona… Y a muchos más, que ahora mismo no recuerdo. Unas veces me lo encomendaba el Fundador. Otras, yo misma pensaba que era oportuno contarles la labor apostólica que íbamos a hacer o que estábamos haciendo. Ya en el primer viaje que hice, siendo del Opus Dei, el padre me aconsejó que siempre que llegara a una ciudad, al vislumbrar las torres de la catedral, encomendase de modo especial al obispo de aquella diócesis, para que el Señor le diera acierto en su misión de llevar hacia Dios a la grey que le había confiado.
-¿Y ha tenido usted ocasión de explicar también el Opus Dei a algún Papa?
-Tuve una audiencia privada, muy entrañable, con Pío XII. Creo que fue en 1954. Me acompañó Carmen Escrivá, la hermana del Fundador. Estuvimos bastante rato. Nos acogió con gran cariño. Me impresionó mucho cuando el Santo Padre nos dijo que tenía en su mesilla, o en la mesa de su despacho, un ejemplar de Camino que once años antes le había regalado don Alvaro del Portillo. Incluso, añadió que no se acostaba ninguna noche sin antes leer algún pensamiento de ese libro. Nos alentó y nos transmitió su esperanza en la inmensa labor apostólica que íbamos a realizar, en Italia y en el mundo entero. Pío XII había concedido la aprobación definitiva del Opus Dei, con fecha de 16 de junio de 1950.
-Si, pero aún debían pasar más de treinta años hasta que Juan Pablo II lo erigiese en Prelatura…
-En honor a la verdad, hay que decir que fue Pablo VI quien animó a monseñor Del Portillo, ya como presidente general, para que adelantase los trámites de la forma jurídica definitiva del Opus Dei. Pero don Alvaro prefirió esperar. Pablo VI tenía una comprensión y un cariño enorme hacia la Obra. Él dijo que Josemaría Escrivá de Balaguer era, en la historia de la Iglesia, uno de los hombres que había tenido más carisma y que había correspondido con más fidelidad. El Opus Dei ha recibido siempre el estimulo de los Papas y de los Ordinarios de cada lugar. Juan XXIII cedió a la Obra unos terrenos en el barrio obrero romano del Tiburtino, para que se construyesen edificios que albergasen una labor social profunda e intensa. Tuvo con nosotros esa confianza… Y, si pasamos ya a la fecha de la muerte de Josemaría Escrivá, asombra la cantidad de miembros de la jerarquía eclesiástica: 69 cardenales, 241 arzobispos, 987 obispos, que enviaron cartas personales testimoniando su cariño a la Obra y su convicción de que el Fundador había llevado una vida de santidad. Eso está en el origen del proceso de beatificación, que ahora culmina. Y no era en tiempos de Juan Pablo II, sino de Pablo VI.
-Usted fue la primera mujer que testificó ante el tribunal del proceso que se instruía en Madrid. ¿Ha sido, como algunos dicen, un proceso “facilón”?
-Cuando oigo decir eso, pienso: ¿esa persona estará hablando del mismo proceso al que he acudido yo? Fue un juicio, más que riguroso, exhaustivo: por las preguntas, por la profundidad, por las personas llamadas a declarar, por los miembros del tribunal… Yo comparecí durante 16 días, varias horas en cada jornada. Fue una declaración muy larga, muy intensa, muy minuciosa, con preguntas y repreguntas. Si no recuerdo mal, eran bastante más de 200 cuestiones. Y eso, lógicamente, supone un gran esfuerzo de concentración, de memoria, de rigor, de entereza… ¡De conciencia! No bastaba decir que era humilde, que rezaba mucho, que vivía la mortificación corporal y de los sentidos… Había que descender a detalles concretos. Además, se juraba antes de empezar cada sesión y al terminarla, después de haberte leído lo que habías declarado. Para mí, era un gustosísimo deber el dar a conocer, con la mayor objetividad posible, todo cuanto había escuchado, visto y vivido cerca del Fundador. Humanamente, me quedé agotada. Pero di muchas gracias a Dios, por comprobar con qué rigor, con qué exigencia, con qué fiabilidad actúa la Iglesia, para recoger todos los datos precisos antes de juzgar. Yo me fío de mi madre, la Iglesia, con toda mi alma, pero esa comprobación, tan excepcional, es algo muy reconfortante.
-Encarnita, mirando hacia atrás, cincuenta y un años de entrega en el Opus Dei, sinceramente, ¿ha valido la pena?
-Plenamente. O, como se dice ahora, “¡a tope!”. Quizá lo único que cabe lamentar es tener sólo una vida para dársela a Dios. Pero esto tiene un buen remedio: exprimirse como un limón, para sacarle mucho jugo al poco tiempo que me queda ya, y pedir que vengan muchas otras vocaciones fieles.
Época, 2-III-92, Madrid, España,